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“El matrimonio es como una fortaleza sitiada. Los que están fuera quieren entrar y los que están dentro, quieren salir”. La palabra matrimonio invoca uno de los vínculos más paradójicos que podemos encontrar en la vida. Por un lado, podemos alcanzar las cuotas más altas de felicidad, pasión, armonía, complicidad, sinceridad y amor. Mientras que por el otro lado somos capaces de vivir y protagonizar los instantes más tensos de disgusto, opresión, esclavitud, sometimiento, violencia e incluso hasta la muerte. El ser humano es capaz de pasar del amor más puro al odio más sincero. El matrimonio es simplemente un sustantivo que acarrea lo más hermoso y lo más destructivo de la palabra amor.

Si hacemos memoria el individuo, desde tiempos inmemoriales, ha soñado con esa media naranja que encaje a la perfección. Una unión que reúna los requisitos fundamentales de la estabilidad: amistad, comunicación, confianza y sinceridad. La pasión y el deseo la suponemos automáticamente. Un claro ejemplo son las canciones, leyendas, cuentos e historias que hemos escuchado y leído cientos de veces. Anhelamos un amor imposible, esos de película que sólo disfrutamos cuando vamos al cine y compramos una entrada para el último estreno de la comedia romántica de Hollywood por excelencia.

Seguramente desear tener un amor como el de “El diario de Noa”, “Un paseo para recordar”, “Pretty Woman”, etc., esté al alcance de nuestras manos. Tal vez nuestro fallo principal sea intentar cambiar o modificar ciertos aspectos y características de nuestra mitad, sin ser capaces de aceptarlo/a tal cual es. Al fin y al cabo el amor es comprensión y tolerancia. Nos hace mejores personas y somos capaces de darlo todo sin esperar nada a cambio.

En España los matrimonios duran una media de 13,8 años. La mayor de la Unión Europea. A pesar de ello, contamos con un divorcio por cada 1000 personas. Aunque tras la llegada de esta última crisis, los trámites de separación se han reducido considerablemente (en zonas como Galicia se ha reducido hasta en un 10%). Debe ser que no es un buen negocio esto de separar las ganancias. Y es mejor aguantar hasta la remontada. Es en este punto cuando debemos sopesar si la unión era por amor sincero, con la pureza suficiente para que durase toda la vida.


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