
12 del mediodÃa. Todos los invitados presentes. El camino hasta el altar parece eterno. Nunca termina. Un nudo en el estómago. Una mariposa que te recorre el cuerpo entero. Miras a tu padre, percibe que las cosas no van bien. Pero no detiene el paso. Llegáis hasta él, tu futuro marido. Se muestra radiante. La felicidad le sale por los poros. No es consciente de tu mirada apagada. O puede que prefiera no serlo. “Ojos que no ven, corazón que no siente”. Todos los ojos clavados en vosotros. La ceremonia pasa lentamente. Los minutos se te hacen eternos. Llega el momento clave. El cura te pregunta si aceptas ser su esposa… Titubeas, tiemblas. Respondes “No”. Y huyes.

“Me caso. En un mes celebro mi boda por lo civil. En el ayuntamiento de mi ciudad. DeberÃa ser el dÃa más feliz de mi vida, pero no todo relucirá como esperaba. Mis padres han decidido no acudir a la celebración. Para ellos es una vergüenza. No lo entiendo. Creà que me habÃan aceptado, pero me he dado cuenta que era simple fachada. Ahora quieren guardar las apariencias delante de su grupo de amigos, de la familia, del barrio, etc. A pesar de este contratiempo mi pareja y yo lo tenemos claro, no lo vamos a anular. Seguiremos adelante. ¡Ah! Por cierto, ella es mujer y yo también.”


